Querido Dramaturgo:
Compañero de exiguas certezas, ambiguas intuiciones, crecientes desasosiegos y contradicciones permanentes, solidarizo con tu precaria condición de bígamo del computador y el escenario, siendo infiel a ambos, perdedor siempre de esa lucha imposible entre el lenguaje y el espacio.
Amigo, te hablo desde mis cicatrices, algunas de las cuales aún están abiertas, porque nunca se sale indemne de las incursiones en el Teatro. Para ti estas reflexiones, que a pesar de la ironía o el sarcasmo, nacen del amor compartido por un oficio tan imposible como fascinante.
El dramaturgo es un apóstata de la literatura
y eso tiene siempre un costo y un castigo.
Defiende textos imposibles
que produce asfixia a los actores
colapsando el montaje
con el trombo mortal de la verbalización innecesaria.
Durante mucho tiempo él ha tratado
de ser fiel a los dos bandos: la literatura
y los signos en el aire. Y como consecuencia
ha sido traidor a las dos patrias.
Expulsado de ambos territorios,
dando excusas a todos, suplicando
ser admitido en el Club exclusivo
del poético Parnaso literario
y, al mismo tiempo, por si acaso,
entrar de puntillas
en la cofradía de los faranduleros,
en el espacio frenopático y anárquico
donde se cuecen las habas del Teatro.
En esta doble opción se le va el tiempo
sin saber si la llave de las emociones
está en su verbo o en los cuerpos
otalvez enelsesooenelsexo,
en la verdad de la sangre

o en la mentira de la tinta,
en el espacio cerrado de su cráneo
o en la fiesta lúdica y sensual
de actores juglares y poetas,
desnudos de pudor y de gramática.
Sabe que puede quemarse
en el fuego efímero del juego colectivo
por eso intenta encerrarse
en su habitáculo donde se encuentran
sus fantasmas íntimos
que le susurran al oído las palabras
y entrega por debajo de la puerta
sus geniales páginas herméticas.
Luego se arrepiente de tales desatinos
y sueña con otras utopías:
vivir y fornicar entre los focos
donde puede respirar a bocanadas
el denso aire trabajado
de actores, actrices y tramoyas
y morir allí entre bastidores
como un perro Moliére con ictericia.
Ser o no ser participante de la fiesta.
Ser o no ser bacante y corifeo,
dionisíaco comulgante del misterio.
Ser o no ser un cómico ambulante
desbordado por la belleza del exceso.
Jugar es jugarse el todo por el todo,
el todo por la nada. Jugar es descubrir
a un niño disfrazado, rebelde y mal hablado
que inventa el universo. Jugar es transgredir
los mandamientos de la sacristía,
cuestionar al Inquisidor que nos llenó de acertijos de reglamentos y doctrinas. Jugar es convertir
la plegaría en sonrisa, es romper los espejos huyendo con Alicia del País de las Pesadillas.
Sin olvidar que por jugar fueron juzgados perseguidos
torturados

marginados
e ignorados:
Bufones
comediantes
y goliardos;
cátaros y
malabaristas;
feriantes,
payasos,
transformistas,
cómicos itinerantes,
ladrones de gallinas,
terror de los canónigos
y de los poderosos.
Todos estos juglares
fueron enterrados a diez leguas de cualquier camposanto. Escribir para ellos fue tatuarse con risa y dolor

el esqueleto
sin importarles un comino
la moral al uso
ni tampoco el alfabeto.
Vivir como funámbulos
en la cuerda floja
de las utopías,
burlándose de los curiosos
que esperan la caída del payaso
para rezar los responsos
y enterrar al payaso.
¡Benditos sean los oficiantes obscenos
de la liturgia sagrada del Teatro
donde el hombre ofrece a los catecúmenos su cuerpo desnudo en carne viva!
¿Y el dramaturgo dónde se ha metido? Convidado de piedra
se siente un intruso
en el banquete pánico

sin atreverse a entrar

mira por el rabillo del ojo
la gran fiesta del Teatro.
Tiene su trasero dividido:
una nalga en su escritorio,
la otra en el escenario.
Cuando tiene que trabajar
con los actores se siente avasallado, traicionado, injustamente incomprendido. Pone cara de cordero degollado
o monta en una cólera mesiánica,
con pataleta histriónica incluída.
Muy digno, da un portazo, declarando
que el Teatro ha muerto, asesinado,
y que él es víctima de la misma puñalada dada a mansalva con alevosía
por los directores mal nacidos,
los críticos de pluma envenenada
y los dispensadores de fondos competidos. ¡Qué trance más difícil
pasar de la palabra escrita,
tan ordenada ella, tan modosa,
tan limpia y gramatical, tan propedéutica, tan aséptica, controlada y alfabética,
a la palabra hablada, respirada,
tosida con flemas y agonías,
esa palabra, a veces, tan furcienta, perdida en una amnesia repentina
o hecha puré en la dicción engolada
de un triste actor de pacotilla!
Y, además, como una pesadilla,
esa palabra tan trabajada, tan poética,
la emite un intérprete inseguro
que gargajea y ventosea
con lengua traposa unas erratas
que dan escalofríos a la Academia
y a otros Santones de la Verborrea.

Dramaturgo querido,

patético amanuense de los diálogos
pareces siempre tan errático, innecesario y prescindible, pero sin ti nos faltaría a todos
una expresión de lo humano,
una visión del mundo, una poética,
una imagen del hombre, que a pesar de sus yerros resultará profética algún día.
Este blablablante, escribidor, graffitero,
es, sin embargo, el celebrante
de una eucaristía profana y libertaria:
“Comed y bebed de mi palabra.
Este es mi Cuerpo,
el cuerpo del delito,
el cuerpo del delirio.”
“El Verbo del Teatro
se hizo letra y carne
y habitó entre nosotros.”

Dramaturgo amigo, compartamos
el instante mágico de la palabra, porque de nuestro tartamudeo brota un temblor de vida que es reflejo de lo más hondo de la condición humana. Te abraza conmovido

un sobreviviente

un aprendiz
un testigo de tanta maravilla.

Jorge Díaz

Santiago de Chile
23 de noviembre de 2006.
Teatro Antonio Varas
XII Muestra de Dramaturgia Nacional